Mucho más que un paseo: por qué la ciencia y el alma coinciden en que el movimiento cerca del agua es la terapia gratuita definitiva para resetear el cerebro, fortalecer el cuerpo y recuperar la perspectiva.
Por Jorge Alonso Curiel
HoyLunes – Hay gente que paga un gimnasio, otros se compran zapatillas con nombres imposibles y luego estamos los que simplemente caminamos. Pero no caminamos en cualquier sitio… Caminamos a la orilla del agua: del mar, del río, de un lago o incluso de ese paseo marítimo que siempre huele un poco a sal, a crema solar y que está, en muchas ocasiones, plagado de turistas.
Y no es casualidad. Caminar cerca del agua tiene más beneficios de los que parece, y no es solo porque las fotos salen mejor para las redes sociales.
El efecto reseteador para el cerebro
¿Te has dado cuenta de que cuando caminas junto al mar o un río tu cabeza se despeja? Los problemas no desaparecen, pero bajan el volumen. Es como si alguien girara el botón del ruido mental de “discoteca a las tres de la mañana” a “chill out de spa”.
Esto tiene una explicación: el sonido del agua, su movimiento constante y predecible, ayudan a relajar el sistema nervioso. El cerebro entra en modo ahorro de energía, deja de estar en alerta máxima y, por fin, respira. Qué estupendo. Por ello, nos gusta estar en estos lugares.
Así, muchas de las mejores decisiones de la vida se toman caminando junto al agua… o al menos las menos malas.

Caminar: el postre gratis
Caminar es bueno. Eso ya lo sabemos. Pero caminar a la orilla del agua es como pedir el menú y que te traigan postre totalmente gratis.
El terreno suele ser irregular (arena húmeda, piedritas, senderos naturales), así que trabajas más músculos sin darte cuenta.
El aire suele estar más limpio y húmedo, especialmente cerca del mar.
El ritmo se vuelve natural: no caminas rápido porque tienes que hacer cosas, caminas como te pide el cuerpo.
Además, si es en la playa, caminar descalzo por la arena mojada es casi un masaje muy placentero para los pies. Reflexología versión ‘low cost’.
Beneficios emocionales
Caminar junto al agua tiene un efecto curioso: te ayuda a relativizar los dramas cotidianos de una manera amable. El mar es enorme, el río lleva siglos pasando por el mismo lugar, y tú estás ahí, dando pasos, y solo importa eso. Eso ayuda a relativizar asuntos como:
“He enviado un WhatsApp con una falta de ortografía”
“Me han dejado en visto”
“He comido chocolate cuando dije que no iba a hacerlo”
Todo parece menos grave cuando una ola te acaricia los pies y los tobillos.
Mejora el estado de ánimo (incluso los lunes)
La combinación de movimiento, naturaleza y agua favorece la liberación de endorfinas y serotonina. Traducido: mejor humor.
No es magia, es biología. Aunque a veces parezca magia, sobre todo si empezaste el paseo gruñendo y lo terminaste pensando: “Pues igual la vida no está tan mal”.
Y es que caminar diez o quince minutos junto al agua puede cambiar el tono del día. No lo arregla todo, pero ayuda bastante.
Un espacio perfecto para pensar… o no pensar
Hay días en los que necesitas reflexionar y otros en los que lo último que quieres es escuchar tu propia voz interna en un discurso interminable.
La orilla del agua sirve para ambas cosas:
Si quieres pensar, el entorno acompaña sin distraer.
Si no quieres pensar, el sonido del agua se encarga de ocupar ese espacio.
Es como un amigo que sabe cuándo hablar y cuándo quedarse callado. Difícil de encontrar, pero el agua es una compañía perfecta.

Ideal para caminar solo o en compañía
Caminar junto al agua funciona en casi cualquier formato:
Solo, para reconectar contigo.
En pareja, para hablar sin pantallas o dispositivos de por medio.
Con amigos, para arreglar el mundo.
Incluso con el perro, que suele estar de acuerdo con todo, y que es una compañía también maravillosa.
Las conversaciones fluyen mejor caminando, sin mirarse fijamente, sin prisas. Y si hay silencios, no son incómodos.
No necesitas hacer grandes paseos o batir récords
No hace falta recorrer grandes distancias, o caminar más de una hora, o usar ropas técnicas o sentirte demasiado espiritual.
Basta con caminar un poco y dejar que el entorno haga su trabajo. Sin expectativas, sin postureo y sin reloj. A veces, el mayor beneficio es simplemente hacerlo de la manera más cómoda. Nada más.
Por todo ello, caminar a la orilla del agua es una forma sencilla, gratuita y bastante efectiva de cuidar el cuerpo y la cabeza. No promete soluciones milagro, pero sí momentos de calma, claridad y bienestar.
Y si además vuelves a casa con arena en los zapatos u olor a río, es parte del encanto y de la terapia.
Porque algunas terapias no se pagan. Se caminan.

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